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Día del Mago: una charla con Luis Vega, el ilusionista que encontró en Mensa un hogar para lo “extraño”

Una crónica conversada con Luis Vega, ilusionista y miembro de Mensa México

La magia suele venderse como una guerra silenciosa: el mago hace algo imposible, el público intenta “cazar” el secreto, y al final alguien gana. Pero platicar con Luis Vega —ilusionista y miembro de Mensa México— desarma esa idea casi de inmediato. Para él, la magia no empieza con el método ni termina con la trampa: empieza con la experiencia.

Lo dice con una frase que ordena todo: primero está el entretenimiento, después el asombro, y al final ese misterio que se queda flotando cuando algo no encaja. “Primeramente es entretenimiento y luego asombro y misterio.” La magia, entendida así, no es una demostración de superioridad; es una invitación a bajar la guardia. Y quizá por eso resulta tan interesante ponerla en diálogo con el pensamiento crítico. Porque, contra lo que muchos creerían, Luis no ve a las “mentes muy racionales” como inmunes al engaño. De hecho, sugiere lo contrario: una persona con alto razonamiento puede caer igual… solo que por otra vía.

Explica que quienes están acostumbrados a tener razón suelen traer consigo un hábito peligroso: la confianza en su propio diagnóstico. Y la magia —cuando está bien diseñada— se aprovecha de eso con una elegancia casi cruel: te deja creer que estás resolviendo algo complejo, cuando la salida era simple. Luis lo describe con claridad: muchas ilusiones se sostienen en explicaciones sencillas, pero una mente entrenada para “ir más allá” tiende a sobrepensar. La solución está frente a ti y, aun así, la empujas lejos porque te parece “demasiado fácil” para ser verdad.

No significa que todo sea simple. Luis también reconoce que hay ilusiones construidas precisamente para resistir el análisis retrospectivo, para que no sea posible reconstruirlas hacia atrás con facilidad. Pero el punto permanece: la magia no se trata solo de manos o aparatos; se trata de cómo funciona nuestra mente cuando cree que ya entendió.

En esa misma línea, cuando la conversación gira hacia la percepción cotidiana, Luis no intenta suavizarlo. Dice que nuestra percepción no es confiable; que vivimos, en cierta forma, con una especie de “visión de túnel”. No solo porque la atención es limitada, sino porque la información que consumimos también está mediada por el entorno, por el contexto, por la vida que llevamos. Incluso cuando creemos estar “buscando lo correcto”.

Y ahí aparece una palabra incómoda, pero central en su lectura: ego. Esa certeza íntima de que lo que vemos es “la realidad” y no una interpretación. Luis lo resume como una trampa habitual: asumir que nuestra percepción es la correcta. En magia, eso se vuelve el terreno perfecto para el asombro; en la vida diaria, puede ser el origen de discusiones interminables.

Lo curioso es que, pese a tener el oficio de desarmar ilusiones, Luis no se ha convertido en un escéptico cínico. Su manera de mantener viva la curiosidad es muy concreta: seguir buscando. En su mundo, dice, hay infinitos estilos, infinitas escuelas, infinitas formas de presentar una idea. Y ahora, con redes sociales, el juego se aceleró: si alguien inventa algo nuevo, el mundo lo ve casi al instante. Esa certeza de que nunca podrás “saberlo todo” funciona como combustible.

Lo dice casi como quien habla de un hallazgo raro: esos momentos de asombro genuino son pocos, y por eso intenta atesorarlos cuando aparecen. No correr a matar la sorpresa. No convertirlo todo en rompecabezas. Dejar que exista.

Esa forma de pensar conecta con algo más grande: para Luis, la magia se nutre de mucho más que la magia. Su hábito mental —dice— es consumir arte escénico, ver estilos distintos, y también leer y explorar temas que no tienen relación directa con el ilusionismo, pero despiertan curiosidad. Menciona, por ejemplo, un libro llamado The Book, una guía sobre cómo reiniciar la civilización. Aunque no sea “magia”, lo inspira: le ha servido para incorporar historias en sus shows, para justificar una rutina, para darle narrativa y sentido. Esa mezcla de referencias le parece indispensable. Y lo remata con una frase que le compartió un amigo dentro de Mensa, Daniel Santillanes: “Todo sirve.”

Cuando habla de Mensa, el tono cambia a algo más cálido. No recurre a estereotipos ni a la imagen del “club inaccesible”. Habla de pertenencia. Dice estar seguro de que en Mensa siempre encontrarás a alguien con quien compartas un interés, por extraño que sea: temas específicos, gustos, videojuegos, música. Para él, eso fue grato desde el inicio: descubrir que lo que creías “raro” era, en realidad, un punto de encuentro.

Pero no se queda ahí. También habla de lo otro: la gente que te enseña cosas nuevas, que te expone a formas distintas de pensar, que te abre a puntos de vista inesperados. Y su recomendación es simple: ir a una reunión, vivirlo, intentarlo. Él no se arrepiente ni de haber hecho el examen ni de las amistades que encontró.

Al final, la conversación vuelve al centro: ¿qué busca Luis cuando hace un show? Aquí aparece su giro más importante. Dice que, durante un tiempo, quiso engañar o mostrar trucos que le gustaban a él, con la intención de “asombrar” todo el tiempo. Lo desechó. Cambió el enfoque por algo más difícil y, a la vez, más poderoso: que todos la pasen bien. Porque cuando la gente se divierte, deja de obsesionarse con métodos; no intenta reconstruir cada movimiento; se entrega a la experiencia. Y entonces pasa lo esencial: al terminar, no recuerdan el truco con precisión… recuerdan cómo se sintieron.

Esa idea —que lo que queda es la emoción— funciona como cierre perfecto para el Día del Mago. No porque romantice la ilusión, sino porque la coloca donde pertenece: como una experiencia humana. La mente puede ser brillante, rápida, entrenada… y aun así equivocarse. Y en ese pequeño colapso de certeza nace algo que vale la pena: la risa, el misterio, la duda curiosa, el asombro.

La magia es un terreno de libertad creativa.

Luis lo dice sin solemnidad, pero con convicción: la magia es un terreno de libertad creativa. Puede ser oscura, científica, teatral, minimalista; puede vestir como quiera, sonar como quiera, inventar conceptos nuevos. Por eso anima a quien tenga interés a intentarlo: porque es una forma de expresar personalidad, estilo, música, identidad, sin límites rígidos.

En tiempos donde la certeza se premia y el error se castiga, la magia ofrece una rareza: el permiso de no entender por un momento… y disfrutarlo. Y quizá esa es la conexión más fina con Mensa: no la fantasía de ser inmune a la ilusión, sino la capacidad de mirarla de frente y reconocer lo obvio y lo incómodo: que incluso una mente entrenada puede fallar, y que ese fallo, a veces, es exactamente lo que nos devuelve el asombro.

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